Un corazón en el medio del caos (a Marina Cefali)

Un corazón en el medio del caos (a Marina Cefali)

Tal vez ella era la calma en el medio de la tormenta. Tal vez el remolino en la quietud del desierto. El equilibrio que genera el caos. El orden que emerge del desorden y que en un solo ciclo crea una nueva estructura. Allí estaba, siempre. Parecía que no, silenciosa, sutil y grácil, pasaba desapercibida para quien no sabía mirar. Pero siempre estaba, como una brasa encendida que, por las cenizas parece apagada, pero que conserva todo el fuego.

Cuando antropocaos comenzó a tomar forma, cuando del descontrol noventero surgió algo más o menos definido pero orgánico, ella estaba allí. Desde el primer día. Aportando ideas, trabajo, compañerismo. Y siempre con su parsimonia okhamiana, con su economía racional de gestos, con sus imperceptibles movimientos generadores de grandes cambios (es decir con una hipersensibilidad a las condiciones iniciales). Así marcó, con huella indeleble, la tónica del equipo.

Un vacío intolerable, una expectativa frustrada, ganas de verla, de estar en silencio o compartiendo un debate, alguna idea delirante, un proyecto que conlleva más curiosidad que recursos.

Cuando parecía que nadie quedaba, ella aparecía como un número cinco, dueña del medio campo, solidaria y corredora; el típico trabajo que es fundamental, pero que no tiene publicidad. La profunda tarea silenciosa, la que verdaderamente es imprescindible y que se aleja de la gloria vana, en beneficio del grupo.

Un primer motor inmóvil, según la expresión aristotélica, una aparición fulgurante, una estrella que aún sigue brillando con una luz que se propaga en el tiempo. Pero también el vacío y la tristeza, la clara sensación de ausencia, una nostalgia incesante, la irreversibilidad como hecho empírico y sin embargo la persistencia poderosa del recuerdo. (Al fin y al cabo qué es lo que conforma el presente, sino lo que nosotros, con la memoria, creamos y recreamos).

Cada uno de nosotros, cada gramo de nuestra “individualidad” está formada por los infinitos fragmentos de quienes nos rodean, de quienes pasaron cerca, de quienes se cruzaron por nuestros caminos. Si es cierto que somos ecosistemas, con una ficción simbólica de unidad, entonces somos múltiples y en esa diversidad radica nuestra riqueza. Nuestro eterno agradecimiento a quienes voluntaria o involuntariamente nos conformaron hasta ser quienes somos, con lo bueno, lo malo y lo neutro.

Y esto que sucede con cada uno de nosotros, sucede también con antropocaos. Somos una diversidad en una suerte de unidad con remiendos. Una forma de estar juntos, un ser trascendente, en tanto conjunto social. El propio equilibrio inestable, el caos determinista, el eterno y grácil bucle, corsi et ricorsi, una turbulencia poderosa e hipersensible. Si ves una parte, es igual al todo; si ves al todo, es igual a la parte y así andamos, de espejismo en espejismo, donde lo único real, es el reflejo.

Quien está lejos, suele estar muy presente y a veces, quien está cerca, se encuentra en su propio mundo infinito. Una vez en el caos, siempre en el caos, como un estigma o un rasgo diacrítico que se transforma en un recuerdo indeleble. Nada de esto hubiera sido posible sin ella. Si, como argumentaba Bateson, en las estructuras actuales quedan las huellas de la historia, entonces todos llevamos, en forma indeleble, Su Marca.

Al fin y al cabo, ella era la calma en el medio de la tormenta. El remolino en la quietud del desierto. El equilibrio que genera el caos. El orden que emerge del desorden y que en un solo ciclo crea una nueva estructura. Allí estará por siempre, sosteniendonos en cada paso que vamos dando.

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